dimecres, 16 de novembre del 2011

Un racismo cotidiano


El jueves, en la sección Cartas de los lectores, Lucero Zamora publicaba una interesantísima. Llevaba por título "Sensibilidad comercial" y decía: "¿Quién escoge el idioma, el cliente o el vendedor? ¿Es en función del aspecto físico del cliente? Soy peruana, hace dieciséis años que vivo en Catalunya y el catalán es mi idioma habitual. Puedo usar desde un vocabulario técnico hasta un registro coloquial sin problema, pero me pregunto qué se tiene que hacer para no tener que cambiar al castellano cuando compro. Alguna vez me he medio quejado, y me han contestado que tanto da un idioma como otro. A mí no me da lo mismo, ya que yo había iniciado la conversación en catalán. A veces se disculpan y cambian de lengua; al fin y al cabo soy yo la clienta. ¿Cómo puede ser que en unos grandes almacenes la señora que está a mi lado sea atendida en catalán y a mí casi me obligan a volver a mi idioma materno? ¿Es posible contratar personal con un sentido del oído más fino, capaz de captar a los pocos segundos el idioma escogido por el cliente? No es un enfoque político. Es un tema comercial. El problema es que se cambia de idioma cuando se habla con un interlocutor que se ve que es extranjero".
Las palabras de Lucero Zamora son excepcionales porque narran una situación habitualísima que las víctimas comentan sólo con los amigos. Muchos catalanohablantes tienen en el cerebro un chip que hace que, en cuanto notan un mínimo acento en la voz de la persona que se les dirige en catalán, cambian inmediatamente de lengua y les hablan en castellano. Creen que es un gesto cortés pero pocas cosas hay tan descorteses hacia alguien como rechazar su interés por expresarse en la lengua del país donde está. Hace un par de años estaba en un bar de mi barrio y entró un chico de veintipocos años. Saludó –"Bon dia"– y pidió a la propietaria "un entrepà de tonyina". Como tenía un ligero acento, no sé si brasileño o portugués, la dueña, catalanohablante, le habló en castellano todo el rato, mientras el cliente –portugués o brasileño– le hablaba catalán a ella, y ella hablaba en catalán al resto de clientes: a todos menos a él. Demencial.

Inconscientemente o no, es una forma rotunda de decirle a alguien: no hagas ningún esfuerzo por hablarme en catalán porque ahora mismo levanto una barrera y te trato y te trataré siempre como forastero no bienvenido.
Deben creer eso les hace quedar como cosmopolitas. Lucero Zamora es peruana, y he visto la misma actitud con amigos ingleses, guineanos, norteamericanos, marroquíes, italianos, rusos... Si les detectan un acento o unos rasgos que consideran forasteros, nada de hablarles en catalán. ¡Faltaría más! De hecho lo que les están diciendo es que no se esfuercen, que a su casa –a la casa íntima de todo ciudadano que es su lengua– no los invitarán nunca. Es, pura y simplemente, racismo.

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